A Floren, por quererme siempre.
"Vacaciones amistosas", como me gusta llamarlas, son aquellas en las que me regalo una ruta no descubierta y una compañía altruista. Hablo de un encuentro honesto en el que se elabora el bienestar dual y existe un hilo conductor entre el mundo de mis afectos y la persona que me acompaña.
El experimento nunca falla. Hay una fórmula para que siempre salga bien. Elijo a alquien a quien le importa "de mí". Conoce lo que hago, lo que me gusta y lo que me duele. No es difícil concluir que se trata de personas que me quieren. Y es que he aprendido a darme cuenta que mucho no me quiere a quien no le importa mi vida. Y esto no hace a esa persona mejor ni peor. Sencillamente esa es la realidad.
Lo lindo, desde mi perspectiva, es dejar la ignorancia a un lado y recoger la gran cuota de alivio que me regala el hecho de aceptar que las relaciones personales no siempre se unen en una fuerza emocional simétrica.
Dicho esto, me planto mis sandalias, me desayuno el sol con colacao y bajo a la calle a encontrame con un amigo de vida. En una hora aproximadamente estaremos brindando por las heridas y las pérdidas junto al mar de la Isla de Armona; con la sonrisa en los ojos, sin urgencia.